Recuerdo perfectamente el día que vi en mi cuenta bancaria ese número que tanto soñé: mi primer millón de pesos ganado con mi propio esfuerzo. No fue suerte, fue constancia, disciplina y, sobre todo, pasión.
Empecé con una idea sencilla: quería crear bolsos y joyería que no fueran solo accesorios, sino piezas con historia, que transmitieran fuerza, elegancia y autenticidad. Con muy poco capital inicial y muchas dudas, comencé a venderle a mis familiares, amigos y conocidos. Cada venta era un reto, pero también una semilla de confianza.
Trabajé largas noches diseñando, buscando materiales, aprendiendo a escuchar a mis clientes y mejorando en cada paso. Muchas veces sentí miedo y pensé en rendirme, pero recordaba que todo gran sueño comienza pequeño.
El día que sumé mis ganancias y me di cuenta de que había llegado a mi primer millón, entendí que no era solo dinero: era la prueba de que los sueños sí se cumplen cuando crees en ti mismo y trabajas con amor y persistencia.
Ese millón no fue el final, fue el inicio. Hoy sé que si pude lograrlo una vez, puedo llegar mucho más lejos.
